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No salió como yo esperaba
No salió como yo esperaba
—Fred, tenemos que hablar.
Angelina llevaba planeando esto varias semanas. Y es que no sólo era el Día de los Inocentes, sino también el cumpleaños de Fred y George. Después del Baile de Navidad de ese mismo año, la relación con el gemelo se había estrechado, pero hacía sólo casi dos meses que el más cautivante de los gemelos le había pedido oficialmente ser una pareja estable. Justamente por eso, ella había decidido que la mejor opción sería no regalarle nada. Bueno, nada material, para ser exactos. El obsequio iba a ser nada más y nada menos que ella misma, es decir, su cuerpo, desnudo e impaciente de que él lo tocara por primera vez. Está bien, no tan primera vez, pues Fred había insistido con ese tema tantas veces, que ya habían intentado concretar desde hacía mucho tiempo, pero por infortunias circunstancias (algunas de ellas llamadas Filch, George, y varios alumnos de las tres escuelas habitantes en Hogwarts), no pudieron hacerlo.
¡Pero eso no era todo! No señor, todavía faltaba lo mejor: debía ingeniársela para jugarle la pequeña broma que tenía en mente antes de que finalizara el día.
Chequeó su reloj para saber cuánto tiempo le quedaba antes de media noche.
Media hora.
Los gemelos, en cambio, ya la habían engañado haciéndole creer que ella había perdido la capitanía del equipo de Quidditch por incompetente, provocándole —sin exagerar—, medio día de lágrimas y gritos de desesperación.
—Es mentira, Angelina. ¡Inocente palomita!
—¡George! —habían gritado Fred y Angelina al mismo tiempo, aunque por diferentes motivos.
—¡Se suponía que no se lo diríamos hasta llegar a media noche, imbécil!
—¿A qué se debe el tono agresivo? —preguntó Fred con una radiante sonrisa, sacándola repentinamente de la evocación momentánea—. La venganza será dulce, ¿verdad? —continuó él, divertido más que asustado al recordar que aquella broma no le saldría gratis.
Fred se confiaba, pero aunque era ella normalmente muy tranquila, cuando Angelina se enfadaba llegaba a causar más miedo que imaginarse al profesor Snape en ropa interior y cantando I'm too sexy de Right Said Fred.
—Espera y verás.
—¡Oye! ¡Me lo devuelves en una hora! Sin él la fiesta no sería fiesta —interrumpió George, elevándo una botella de cerveza de mantequilla en cada mano, algo mareado.
—Seguro.
—Ya activé el cronómetro —acotó Lee Jordan, no mucho más consciente que su compañero. Fred y Angelina lo miraron entre graciosa y fatídicamente. Esperó unos segundos, y al ver que no se marchaban, les gritó amenazadoramente: —. ¡Lárguense de una vez!, ¡el tiempo sigue corriendo!
Ambos Gryffindor salieron de la sala común tomados de la mano, y Angelina lo guió presurosa en búsqueda del salón más distante, oscuro y por supuesto, vacío que había al bajar al sexto piso. Finalmente, se decidieron a entrar en una de las aulas de arriba a la derecha, bien al fondo del pasillo.
—¿Y mi regalo? —preguntó Fred ni tonto ni lento, rompiendo el silencio apenas los dos se sentaron cerca del escritorio principal. Sospechaba que esa sería su gran noche, pero no estaba seguro de poder aceptar tal obsequio.
—Después. Primero necesito hablar contigo... —Angelina habló solemnemente, esforzándose mordázmente para no cambiar su expresión seria y cortante que amenzaba a ceder ante la mirada pícara y traviesa de su pareja. Era definitivo; Fred no podría estar pensando en nada apto para menores de dieciocho años. «Concéntrate Angelina. Primero lo primero y después... Bueno, después, lo que sigue».
—Pues ya estamos hablando... —contestó él con una sonrisa ladeanda—. Pero bien, te escucho, Johnson.
—No me llames así —Angelina respiró hondamente, reunió todo su valor, y comenzó—. Mira, no sé cómo decirte esto, pero... creo que... —Fred la miró espectante. Era demasiado difícil para ella tener que mentirle tan descarademente y tratar de tomarse la broma en serio si él no dejaba de sonreírle—. «Si no fuera por George, aún seguiría llorando hasta que Fred se decidiera a decirme que era todo una broma» —pensó para ganar fuerzas, y continuó, seria y decidida.
Ella lo tomó de las manos y las apoyó en su regazo, a medida que levantaba la vista para enfocarla directamente en aquellos ojos color almedra.
—Así que no vinimos aquí para tener mi gran noche, ¿verdad? —sonrió Fred ampliamente. Parecía disfrutar del esfuerzo de Angelina por hacerlo creíble.
Ella respiró hondamente.
—Fred... —Pausa, volvió a inspirar. Sentía que la tensión que generaba era perfecta. Suspiró y largó, definiendo claramente las palabras al pronunciarlas—, creo que deberíamos terminar.
La sala se llenó de un silencio sepulcral.
«No sonrías... ¡Oh, por favor! ¡Le digo que quiero terminar y sonríe haciéndose el galán!», se exasperó ella. «¿Se habrá dado cuenta de que miento? Bien... que más da. Tendré que buscar una mejor forma para vengarme el año próximo».
Chequeó la hora.
Cinco minutos.
Mientras Angelina estaba absorta en sus pensamientos, Fred —sin previo aviso— comenzó a reírse, primero pensativo y luego con sinceras ganas de hacerlo, cómo si le diera mucha gracia su patético intento por hacerle llorar aunque sea un tercio de lo que lloró ella hacía un par de horas atrás.
La chica se enfadó y lo miró furiosa, pero en seguida las risas enérgicas del pelirrojo la contagiaron y ambos rieron nerviosos y desinhibidos, aliviados y tranquilos.
«Maldito tonto», rió ella. «Y encima aún me falta darle ese regalo».
—¡Me alegro tanto de que lo dijeras tú antes que yo! —dijo Fred, irrumpiendo las risas instaladas resonando en el oscuro salón.
—¿Qué? —preguntó ella, confundida y aún con una sonrisa.
Chequeó la hora.
Un minuto.
—¡Que me alivia muchísimo que los dos pensemos igual!
«¿Qué dem...?», Angelina negó con la cabeza. «¿Es que nunca se va a cansar de jugarme bromas? Mejor le pongo punto final a esta conversación».
—Aún somos amigos, ¿cierto?
Esa fue la única pregunta en todo el día que llevaban en que lo había oído hablar en serio, sin sonrisas intermedias y con verdadera cara de preocupación.
Treinta segundos.
«Hasta el último minuto, ¿eh?», pensó sutilmente.
—Obviamente —Angelina esbozó una enorme sonrisa cuando le respondió—. ¡Qué pregunta más estúpida, Fred! ¡Por supuesto que seguiremos siendo amigos!
—¡Genial! —espetó él alegremente; su sonrisa no podía ser más amplia—. Ese era el único motivo por el que temía dejart...
Tres segundos.
—¡Inocente palomita, tonto! —le soprendió Angelina, a la vez que lo empujaba cariñosamente por el hombro.
Fred dejó de sonreír al instante, anonadado y sin saber cómo reaccionar.
«¿Inocente palomita?», meditó intranquilo.
¿Qué podía hacer? Una sonrisa falsa fue la solución más espontánea. Angelina se le unió. Le costaba respirar entre tanta hilaridad.
—¡Creíste que hablaba en serio! —se burló ella—. Y te dolió tanto el ego que... —Fred ya no podía fingir ni una mísera sonrisa—, que me seguiste el juego. ¡No sabía que eras tan resentido!
Fred se enderezó y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.
—Vayamos a la sala común —sentenció. Lucía bastante nervioso.
—Oye, no te enojes —malintenpretó Angelina, y apretó con fuerza la mano de Fred, que amenzaba con alejarse—. Fue una simple pequeña venganza, no es para tanto...
—Sí, bien..., ¿vamos? —Fred volteó y empezó a caminar hacia la salida—. Quiero ir a ver a George.
—Espera —Angelina lo atrajo hacia sí, pero él seguía dádole la espalda —. No me dijiste "inocente palomita"... —Chequeó por última vez en la noche el reloj—. Han pasado cinco minutos desde que es media noche...
Fred giró y la miró fijamente a los ojos.
—Es gracioso, ¿sabes? Siempre me pides que te hable en serio y una vez que lo hago, no me crees —dijo tristemente y con pesadez.
Angelina bajó la mirada, con el fantasma de la útlima sonrisa desvaneciéndose en su rostro.
Sí, era gracioso. Dos semanas y media imaginando qué decir y cómo actuar, y sin embargo, jamás se le había ocurrido pensar en esa posibilidad.
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