Ficha Técnica

Resumen: Harry Potter no convivió con los Weasley durante su infancia. Ni siquiera lo hizo durante el tiempo que pasó en el colegio, ya que sólo compartían juntos algunas que otras vacaciones. Y mucho menos, Harry jamás estuvo metido en todas y cada una de sus conversaciones, peleas, secretos, amores, sonrisas, declaraciones, lágrimas, ni caprichos. ¡Es que eran demasiados! ¡¿Cómo podemos pretender que sepa todo lo que pasó por sus cabezas si ni siquiera sabía en su totalidad lo que pensaba su mejor amigo?! Rowling nos hizo perder muchos hermosos momentos de esta singular familia, y por eso es que quiero saber. Quiero saber de sus travesuras, de su felicidad y de su dolor. Mucho más de sus travesuras, en realidad... Pero voy a escribir a modo de drabbles y one-shots, pequeñas y no tan pequeñas viñetas acerca la vida diaria de estos adorables pecosos. Porque estoy segura que no debe ser nada fácil ser un Weasley.

Parejas: Todas las parejas canon, aunque pueden llegar a encontrar algúna que otra conquista de la que Harry jamás se enteró.

Temporalidad: Preferentemente, la generación de Harry Potter. Sin embargo, puede que escriba alguna acerca de la Nueva Generación y de la Anterior.

Clasificación: La clasificación irá variando a medida que los shots cambien. No puedo asegurar que la historia no se moverá de K a T para caer en un K+, llegar a M, pegar un salto increíble hasta B y terminar nadie sabe cómo en un R. No... Aunque creo que en esta historia no pondré nada de ranking M. No estoy segura todavía, por eso los dejo en un cómo PG-13. Si sube, lo aviso en el capítulo.

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Bludger

9
Un buen golpe



—¡Ron! —gritó George furiosamente, al ver cómo la Quaffle se estrelló contra la cara de la cazadora—. ¡Eres un imbécil!

—Vamos —le dijo Fred, dispuesto a volar hasta donde se encontraba Katie Bell—. Con uno de nuestros dulces se le pasará.

Su gemelo no se hizo repetir la petición dos veces y se apresuró a escoltarlo. Una vez que ambos llegaron a su lado, Fred buscó en sus bolsillos y le tendió algo a la chica.

—Tómate esto —dijo él, meneando la mano para que ella agarrara la extraña, pequeña y morada cosa que le ofrecía—. Detendrá la hemorragia en cuestión de segundos.

—¿Estás bien, Katie? —preguntó George, algo precupado, mientras le examinaba el rostro salpicado de sangre.

—Sí, no es nada —aseguró ella al pasarse la manga de la túnica por la nariz, antes de meterse en la boca la cosa que Fred le había dado.

—Muy bien —gritó Angelina—, Fred y George, vayan a buscar sus bates y una Bludger. Ron, sube a los postes. Harry, suelta la Snitch cuando yo lo diga. Vamos a tirar al arco de Ron, evidentemente.

Después de unos cuantos minutos más de juego, Angelina volvió a detener la práctica para reprender una vez más la postura de Ron. Ya harto de escucharla quejarse, George desvió la mirada hacia Katie, quien, inexplicablemente, seguía chorreando sangre por la nariz y ya había enchastrado toda su túnica.

—¡Mírala, Fred! —le gritó George a su gemelo, sorprendido de que la hemorragia aún no hubiera cesado.

—Y tú Katie —continuó Angelina sin haber oído el grito de George—, ¿no puedes hacer nada con esa nariz?

—¡Cada vez está peor! —se lamentó la chica con voz pastosa mientras intentaba contener el chorro de sangre con su túnica.

—¿Qué le diste, idiota? —murmuró George entre dientes para que sólo llegara a escucharlo su gemelo.

—¡El antídoto!, ¡estoy seguro! —Fred sacó de sus bolsillos uno de los caramelos color morado y lo examinó. Cuando se dió cuenta del error, su cara se cubrió de pánico y miró con terror a Katie y a George alternadamente.

—Le di un saltaclases... —murmuró incrédulo—. ¡Le di un saltaclases de prueba!

—Eres un imbécil —murmuró su gemelo, mirando culpablemente a la chica. Segundos después, el rostro de Katie se tornó bruscamente pálido como una hoja de papel, siendo la única señal de color las manchas ensangrentadas que cubrían parte de su rostro y la totalidad de su túnica—. ¡Se va a desangrar! —espetó, justo en el instante en que sonó el silbato.

Los gemelos volaron a toda velocidad hacia Katie y apenas llegaron a ella, George le dirigió una mirada escrutadora a su hermano.

—Hay que llevarla a la enfermería —decidió Angelina.

—La llevamos nosotros —se ofreció Fred—. Es posible que... se haya tragado un manantial de sangre por equivocación...

—¿Puedes sostenerte? —le preguntó George a Katie.

Sin esperar una respuesta, pasó una mano por debajo de su hombro mientras con el otro se sostenía de su escoba. Fred imitó los pasos del otro lado de la chica.

—Eso creo —contestó ella.

—Bueno, agárrate fuerte —le dijo Fred.

Los tres chicos iniciaron vuelo lidiando entre velocidad y lentitud, ya que Fred quería llegar lo más rápidamente posible al castillo mientras que George iba frenándolo para cuidar del estado de Katie. Apenas llevado un instante de vuelo, George sintió que la postura de su compañera se había aflojado y amenazaba con perder el equilibrio.

—¡Katie, ponte derecha! —espetó el chico, intentando no perder el equilibrio él también debido al peso extra que ahora sentía—. ¡Katie!

—¡Se desmayó, estúpido! —gritó Fred, exasperado—. ¡Sostén la escoba que a ella la llevo yo! —ordenó mientras pasaba a Katie a su propia escoba para llevarla al castillo—. ¡Te dije que debíamos apurarnos!

...

Una vez que aterrizaron en los jardines de Hogwarts, en vez de llevarla a la enfermería, Fred y George se dirigieron hacia uno de los rincones más alejados para atender a la chica.

—Será mejor que vaya por el verdadero antídoto —se burló George al dejar la escoba de Katie a un lado, dispuesto a correr hacia la sala común.

—¡No te olvides de sellar el baúl cuando lo saques! —gritó Fred, pensando que hubiese sido mucho más fácil atraer el objeto con un hechizo convocador si no fuera por el contrahechizo que le habían puesto al baúl donde guardaban sus sortilegios, evitando así que los demás alumnos los convocaran gratuitamente.

Al instante, se apartó de esos pensamientos para dedicarse a observar a Katie. La chica estaba recostada al lado suyo y tenía el rostro encostrado con sangre y barro, mientras nueva sangre fresca se desprendía violentamente de su nariz. Intentando contener la hemorragia el mayor tiempo posible hasta que regresara George, Fred tapó con la manga de su propia túnica la pequeña nariz de ella y procuró abrirle un poco la boca para que Katie pudiera respirar.

Estando tan cerca de su rostro, Fred sonrió de lado y se sonrojó un poco al poder delinear tan detalladamente el rostro de la chica. Nunca se había fijado, pero Katie era una chica bastante bonita. Demasiado bonita, en realidad. Incluso aún estando toda embarrada y con la sangre escurriéndosele de tal forma por la nariz que ya le había empapado por completo su mano y su túnica.

—«Te me habías estado escondiendo» —pensó, sonriendo aún más.

—¡Aquí, Fred! —lo llamó su gemelo al acercársele—. Toma —dijo cuando le lanzó un pequeño estuche beige con varias pastillas dentro.

—¡Ya era hora! —contestó él, antes de sacar uno de los simil dulces y meterlo dentro de la boca de Katie.

—¿Reacciona? —preguntó George una vez que llegó donde el gemelo, impaciente.

—Aún no —contestó Fred. Observándola finamente, volvió a retomar los últimos pensamientos que había tenido antes de que su hermano lo interrumpiera—. ¿Sabes? No me había dado cuenta, pero... es muy linda —le dijo sin poder evitar formar una sonrisa.

—Fred, está toda cubierta de sangre —acotó su gemelo, haciendo una gesto de asco.

—¡No me refiero a ahora, imbécil! —replicó, algo divertido—. Ya sabes... —continuó él, volviendo la mirada hacia la chica, quien parecía comenzar a recobrar el sentido—, Katie es una chica muy linda —dijo, más para sí mismo que para su gemelo.

—Gracias... —susurró débilmente la chica una vez que logró reaccionar. Fred apartó la mano de su nariz al notar que la hemorragia había cesado, y Katie se enderezó antes de escupir la sangre que le había quedado en la boca—. Que asco —murmuró con la voz aún algo pastosa.

Sin previo aviso, George sacó su varita y la apuntó al rostro de Katie.

—Tergeo —espetó. Al instante, la sangre encostrada en el rostro de la chica fue absorvida rápidamente y le dejó la cara completamente limpia. Ante la mirada interrogante de Fred y después de haber analizado a Katie por unos segundos, George sentenció:—. Sí, muy linda —dijo, antes de girar para volver al castillo dejando a ambos chicos solos.

—¿No irás con él? —acotó Katie, buscando su propia varita por entre su túnica—. Ya puedo sola, no te preocupes —dijo algo nerviosa, sin poder encontrarla.

—No —respondió Fred, mirando cómo su gemelo se alejaba cada vez más—, a no ser que tú quieras que me vaya —agregó, espectante.

Katie se puso aún más nerviosa, pero dejó de buscar la varita y elevó la mirada a Fred.

—Prefiero que te quedes —dijo, bajando un poco el tono de voz—. Y Fred... —agregó, dudando si debía continuar la frase o no.

—¿Sí? —preguntó él.

—Tú también eres muy lindo —murmuró Katie, y al instante sintió como sus mejillas recuperaban el color que habían perdido minutos antes.

—Eso facilita las cosas —sonrió, alegrándose de no haber seguido esta vez a George.

Beso

8
De bajo perfil



—¡Luna!, ¿podrías prestarme atención?

La chica estaba agitando los brazos como si intentara ahuyentar moscas.

—¡Este torposoplo no me deja en paz! ¡Aléjate, aléjate!

—¡Estoy intentando contarte algo importante! ¿Quieres tratar de comportarte como una pesona normal y concentrarte en mi por tan sólo cinco minutos?

Los terrenos de Hogwarts siempre habían sido un muy buen lugar para hablar con la Ravenclaw; todos estaban tan absortos en lo que hacían que nadie le prestaba atención a ellas. Ni siquiera el tener a Luna ofreciendo su singular expectáculo diario parecía distraerlos.

—Oh... díme, Ginny, ¿qué ocurre?—murmuró la chica, como si recién notara que la Gryffindor estaba a su lado desde hacía más de media hora.

Al verla dejar de agitar los brazos como una loca, Ginny retomó el hilo de la conversación.

—Y entonces... me besó —finalizó.

Los ojos de Luna se abrieron aún más de lo normal por el asombro, y acotó lo primero que se le vino a la mente, sin pensar.

—Debería estar realmente necesitado.

—¡Oye! —se ofendió Ginny, pero luego preguntó, curiosa—. ¿Por qué lo dices?

—Pues..., te besó allí, delante de toda la sala común en medio de una fiesta y después de que le dijeras "atrapé la snitch" —Luna apartó la vista de su amiga y la fijó en un diente de león que flotaba en el aire—. Sí, muy necesitado. Aunque hubiese sido mejor aguantarse para besarte en algún sitio más privado.

Ginny sonrió. La sinceridad de Luna podía llegar a ser tan desesperante como adorable.

—Fue perfecto sólo así —contestó ella, ampliando su sonrisa.

—¿Lo fue? —Luna suspiró soñadoramentemente mirando hacia ningún lugar en particular—. Debió sentirse hermoso besar a Harry.

—¿Disculpa? —preguntó Ginny, mirándola inquisidoramente.

—Bueno, no a Harry en particular. Es lindo, pero demasiado famoso para mi estilo —Ginny rodeó los ojos, desganada—. Prefiero a alguien de más bajo perfil.

—¿No estarás pensando en Ron, verdad? —Ginny levantó una ceja y Luna, al fin, se dignó a mirarla a los ojos—, porque él ya tiene marca registrada y no dice precisamente "Luna Lovegood".

La Ravenclaw no respodió, sino que alzó ambas cejas y, una vez más, fijó su mirada perdidamente soñadora en el horizonte enmarcado por el Lago Negro. Ginny, por su parte, se recostó sobre el cesped, pensativa.

—¡Ginny!, ¡Luna! ¿No han visto por casualidad a Trevor por aquí? —Neville irrumpió en la escena, agitado y con el cabello y las ropas muy desalineados—. ¡No sé dónde lo he dejado!

Luna pareció salir de su eterno letargo y Ginny creyó notar como la conexión volvía a su cerebro.

—¡Oh, Neville!, ¡qué sorpresa! —exclamó su amiga—. ¡Justamente estábamos hablando de ti!

Ginny la miró entre sorprendida y avergonzada por su declaración.

—«Bueno, definitivamente, no hablaba de Ron». —sonrió.

Cobertizo

7
¡No quiero ver!



Hacía bastante tiempo que la familia había reformado el cobertizo, ordenando todos los cachivaches del Sr. Weasley y poniendo unas agradables lámparas de aceite y un sillón algo destartalado para hacer más agradable el trabajo en él. Sin embargo, cuando no había nadie en casa, ese aún antiestético sitio era constantemente visitado por las parejitas que la habitaban cuando buscaban algo de privacidad. Obviamente, utilizando uno de los tantos genialmente increíbles inventos de Sortilegios Weasley -un adaptador de ambientes a medida-, lograban darle un increíble mejor aspecto del que gozaba. El espacio se inundaba de un agradable aroma a rosas silvestres y el decorando cambiaba al instante, dependiendo de lo que se buscaba admirar. Los gemelos habíantenido esa idea en mente desde el momento en que descubrieron la Sala de los Requerimientos, pero recién después de varios años e intentos -y con la ayuda de Ron como conejillo de Indias-, dieron con un hechizo bastante adecuado para el objetivo. No duraba más de tres horas antes de que comenzara a flaquear, pero para el caso, funcionaba. Claro que no iban a venderlo. Ese producto era aún un proyecto en prueba y reservado para uso privado de toda la familia... con exepción de Molly y Arthur Weasley, claro está. Con cuatro adolescentes revoloteando por la casa con las hormonas en auge, no era muy conveniente que supieran la existencia de tal artículo. Arruinaría muchos planes.

...

—¡Escóndete!

—Pero... —Ginny no tuvo tiempo de completar la queja ya que una mano le había cubierto la boca y otra la empujaba dentro del viejo armario que reposaba en aquel cobertizo—. —¿Se puede saber que dem...?

—¡Shhh! —Volvieron a cubrirle la boca—. ¡Cállate y escucha!

Silencio.

—¡Ay! —Harry pegó un grito ahogado—. ¿Por qué hiciste eso? —susurró, algo ofendido mientras se tocaba la mano que Ginny le acababa de morder.

—¡Para que me sueltes y me expliques por qué me metiste aquí!

Justo cuando el muchacho estaba por contestarle, la puerta del cobertizo se abrió de par en par dejando entrar a una fuerte ventisca de nieve y a dos chicos exageradamente abrigados.

—¡Pero si sólo son Ron y Hermione!

—¡Merlín, Ginny!, ¡no hables tan fuerte! —suplicó él en un grito susurrante.

—¡Qué frío terrible hace este Fin de año! —comentó la castaña a la vez que comenzaba a sacarse su gorro, bufanda, campera y dos jerseys Weasley con una gran H rosada en el centro. Ron ya se había desprendido de todas las molestas prendas que lo habían transformado en una enorme bola de lana y, ahora que sólo vestía una extraña y desgastada remera naranja de los Chudley Cannons, se dispuso a cerrar todas las puertas y ventanas que daban al jardín. Se extrañó de encontrarse con el ambiente del lugar un tanto a tono, pero no le prestó demasiada atención. Otras cosas ocupaban su mente en ese momento.

—Oh, no... —murmuró Ginny, algo preocupada, al ver que su hermano avanzaba hacia Hermione—. ¿Han venido a lo que yo creo que han venido?

—Pues eso parece —contestó Harry con una gran mueca de asco dibujándose en su rostro.

—Adoro esa remera...

—¿Sí? —Ron se acercó peligrosamente a la castaña y comenzó a acariciarle suavemente el cabello—. Hubiese jurado que te gustaba más lo que hay debajo de ella...

—¡Merlín! ¡Harry tenemos que salir ya antes de que empiecen con nosotros aquí adentro!

—¿Estás loca? ¡Tú estás medio desnuda y yo ni sé dónde metí mi pantalón!

—¿Es que tienes ganas de ver el espectáculo que están por montar ahí afuera?

—¡¡Ron me va a matar!!

—Necesitaba estar un rato contigo... a solas. Te extrañé tanto, Ron...

Ron y Hermione ya habían comenzado a besarse tiernamente, pero poco a poco fueron aumentando la intensidad de los besos y se tornaron un tanto desesperados. La otra pareja, mientras tanto, podía observarlos desde una gran rajadura que tenía el viejo armario a lo largo, y Harry rogaba porque aquellos dos no la notaran.

—¡Que asco, por favor!

Ginny parecía a punto de vomitar, aunque Harry no mostraba mejor aspecto.

—¡Te dije que le echaras un hechizo a la puerta por si venía alguien! —le recriminó él, al estar obligado a ver y escuchar a sus mejores amigos dar suaves gemidos ahogados.

—¿Yo? ¡¿Y por qué no se lo echaste tú?!

Ron lentamente fue recostándose sobre un sillón de un considerable buen estado, mientras Hermione se sacaba sensualmente la única remera que le quedaba puesta.

—¡Ginny, tápame los ojos! ¡¡No puedo cubrirme las dos cosas al mismo tiempo!! —gritó en un susurro, mientras apretaba con fuerza sus oídos para no oír el ruido a besos y pequeños gemidos que provenían del otro lado del armario.

—¡Claro que no! ¡¿Quien tapará los míos?!

—¡Oh, no! ¡Ginny, mira!

—¡Ay! —Ron se revolvió en el sillón y sacó un objeto que había debajo de él—. ¿Que es esto?

Harry histéricamente apretó a Ginny fuertemente del brazo y señaló lo que el pelirrojo y la castaña miraban dubitativos.

—¡Ginny! —susuró—, ¡ese es mi cinturón!

¡PUM!

De repente, un fuerte estruendo resonó en los jardines de la casa provocando el susto de los cuatro adolescentes que se hallaban ocultos en el cobertizo.

—¿Qué fue eso? —le murmuró el chico de ojos verdes a Ginny.

—¡Ron, llegaron tus padres! ¡Tenemos que salir de aquí ya! —gritó Hermione, con el corazón palpitándole a mil por hora.

—¡Pero dijeron que venían dentro de tres horas! —contestó el pelirrojo, irritado y exaltado por la inesperada interrupción.

—¡Pues se arrepintieron, porque acaban de llegar! —respondió ella, mientras ambos se vistieron lo más rápido que le daban las manos—. ¡Tu papá acaba de estrellar el nuevo Ford Anglia contra la casa!

—¡Rápido, rápido!

Ron y Hermione agarraron alborotadamente el resto de la ropa que no llegaron a ponerse y salieron corriendo rumbo a la puerta trasera de la Madriguera, a medio vestir, Ron en cuero y Hermione con un zapato puesto y otro en la mano.

—¡Al fin se fueron! —suspiró Ginny, a la vez que salía del incómodo armario en dónde habían estado ocultos—. Estos dos se van a agarrar un resfrío terrible, acuérdate de lo que te digo...

La pelirroja se dispuso a buscar la ropa de ambos para poder así seguir a su hermano y mejor amiga hacia el interior de la casa. Después pensaría en la excusa que tendría que inventar para con sus padres.

—¡No puedo creerlo! Mira que descarados, venir aquí para satisfacer sus necesidades sexuales...

—Harry...

—Sí, tienes razón; nosotros hicimos lo mismo, ¡pero al menos hubiesen tenido la decencia de fijarse si había alguien más aquí dentro antes de... de comenzar!

—Harry...

—¡Imagínate si hubiesen seguido con nosotros ahí, escuchando! ¡Que horror, Merlín! —La chica trataba de hablar pero Harry estaba demasiado metido en sus propios pensamientos—. Suerte que llegaron tus padres... ¡Ginny! ¡¿Cómo vamos a meternos en la casa sin que se den cuenta tus padres?!

—¡Harry!

—¡¿O Ron?!

—¡HARRY!

—¡¿QUÉ?!

—¡¡Tenemos problemas más grandes que ese ahora!!

—¿Más grandes? ¡¿Qué problema podría ser más grande, Ginny?!

—Pues no lo sé, tal vez... ¡que Ron y Hermione se hayan llevado toda nuestra ropa!

Pergamino

6
Esa estúpida sonrisa


—«Se ve tan lindo... No, no. Enfócate, Ginny. ¡Enfócate!».

La chica negó con la cabeza y fijó la vista al pergamino que tenía enfrente suyo. La sala común ya casi estaba vacía; sólo quedaban algunos alumnos de séptimo, dos de quinto, ella y él. Volvió a elevar la vista.

—«Soy una completa idiota. Es el mejor amigo de mi hermano, ya van tres veranos seguidos que pasa cerca mío, ¡y apenas si he hablado con él! ¡¿Como puedo pretender que me invite?! Menos aún teniendo a todas esas chicas bonitas acechándolo todo el tiempo»...

Suspiró hondamente. Harry parecía muy concentrado en algún ejercicio, seguramente de Pociones a juzgar por su expresión desquiciada. Tenía la vista tan cerca del pergamino que su mentón estaba completamente pegado a él. Ginny movió la pluma de un lado a otro entre sus dedos, pensativa.

—«¿Por qué?... No es que yo sea fea; al contrario, muchos me dicen que soy una chica muy linda. Bueno..., mis hermanos me dicen que soy muy linda. Pero, ¿por qué no me habla? Nunca me habla. ¿Será porque las pocas veces que lo intentó tartamudié como una idiota? ¡Es que me pongo nerviosa! ¡Suficiente, Ginny! ¡Concéntrate! Defensa contra las Artes Oscuras, Moody. ¡Deja de pensar en él!»

La Gryffindor golpeó bruscamente la mesa con los puños, claramente exasperada. Las pocas personas que aún quedaban allí voltearon al instante para ver qué había ocurrido. Harry también. Ginny hizo un gesto con la cabeza indicando que todo estaba bien. Harry le sonrió y volvió a ocuparse de su pergamino.

—«¡Merlín! La próxima vez que me sonría así, me derrito... ¡Que estúpida que soy! Debí haberle sostenido la mirada un segundo más. ¡Una vez que me mira y desperdicio la oportunidad! Hasta que me vuelva a sonreír van a pasar siglos a este paso, ¡y realmente quiero ir al baile con él!»

Ginny se dejó caer sobre el pergamino, exhausta. Se lastimó un poco la frente de tan fuerte que lo hizo. Ya casi no quedaba nadie en la sala común, nadie exepto ellos dos. Intentó en vano apartarlo de su mente, pero en vez de eso, lo buscó con la mirada una vez más.

—«Me mira —se sorprendió—. Me mira, ¡me está mirando! Tranquila, Ginny, relájate y sonrí... Espera. Se está levantando..., ¡se está levantando y viene hacia acá!».

Ginny se enderezó rápidamente y, sin saber muy bien qué hacer, revolvió todos los pergaminos que llevaba encima, nerviosa. La mayoría terminó desparramados por la mesa y el suelo.

—«¡No, no y no! ¡Me está mirando! Defensa y Pociones. ¡Viene hacia mí! ¿Qué hago, qué hago? Moody, Snape y Pociones. ¡Y aún no tiene pareja para el baile! ¡Merlín! ¡Maleficios, acónito y crisopos! ¡Ahí llega! ¡¡Ya llega!!»

—Hola Ginny.

—«¡Ah!»

Ginny dejó de revolver los pergaminos y se quedó inmóvil, en una pocisión muy incómoda, de hecho. Sin mover ningún otro músculo, giró sólo sus ojos hacia el chico de pelo negro, quien al verla así puso una expresión un tanto escéptica.

—¿Ho... hola? —contestó ella, algo tímida—. «¿Me está hablando a mí, verdad? Sí, no hay nadie más» —confirmó al recorrer la sala con la mirada.

—¿No me prestarías una pluma? La mía se acaba de romper.

—Sí, sí, claro —Buscó en su bolso y le ofreció una—. Aquí tienes...

—Gracias, Ginny

Harry se dio media vuelta, algo confundido, y regresó a su lugar en el otro extremo de la sala. Ginny lo siguió con la mirada expectante y la boca abierta. Cuando Harry se sentó dándole la espalda nuevamente, ella se dejó caer por segunda vez sobre sus pergaminos, aún más desganada que antes.

—«Bueno, tal vez no te haya preguntado para ir al baile, Ginevra Weasley, pero al menos sabe que eres una buena opción para pedir préstamos —dijo desalentadoramente, y se golpeó la frente con la mesa una vez más—. ¡Genial!»

Día de los Inocentes

Nota de la Autora: Es recomendable leer los Datos Weasley Currículum amoroso de Fred y George y El fin de una relación para entender mejor la trama de la viñeta.

5
No salió como yo esperaba



—Fred, tenemos que hablar.

Angelina llevaba planeando esto varias semanas. Y es que no sólo era el Día de los Inocentes, sino también el cumpleaños de Fred y George. Después del Baile de Navidad de ese mismo año, la relación con el gemelo se había estrechado, pero hacía sólo casi dos meses que el más cautivante de los gemelos le había pedido oficialmente ser una pareja estable. Justamente por eso, ella había decidido que la mejor opción sería no regalarle nada. Bueno, nada material, para ser exactos. El obsequio iba a ser nada más y nada menos que ella misma, es decir, su cuerpo, desnudo e impaciente de que él lo tocara por primera vez. Está bien, no tan primera vez, pues Fred había insistido con ese tema tantas veces, que ya habían intentado concretar desde hacía mucho tiempo, pero por infortunias circunstancias (algunas de ellas llamadas Filch, George, y varios alumnos de las tres escuelas habitantes en Hogwarts), no pudieron hacerlo.

¡Pero eso no era todo! No señor, todavía faltaba lo mejor: debía ingeniársela para jugarle la pequeña broma que tenía en mente antes de que finalizara el día.

Chequeó su reloj para saber cuánto tiempo le quedaba antes de media noche.

Media hora.



Los gemelos, en cambio, ya la habían engañado haciéndole creer que ella había perdido la capitanía del equipo de Quidditch por incompetente, provocándole —sin exagerar—, medio día de lágrimas y gritos de desesperación.

—Es mentira, Angelina. ¡Inocente palomita!

—¡George! —habían gritado Fred y Angelina al mismo tiempo, aunque por diferentes motivos.

—¡Se suponía que no se lo diríamos hasta llegar a media noche, imbécil!

—¿A qué se debe el tono agresivo? —preguntó Fred con una radiante sonrisa, sacándola repentinamente de la evocación momentánea—. La venganza será dulce, ¿verdad? —continuó él, divertido más que asustado al recordar que aquella broma no le saldría gratis.

Fred se confiaba, pero aunque era ella normalmente muy tranquila, cuando Angelina se enfadaba llegaba a causar más miedo que imaginarse al profesor Snape en ropa interior y cantando I'm too sexy de Right Said Fred.

—Espera y verás.

—¡Oye! ¡Me lo devuelves en una hora! Sin él la fiesta no sería fiesta —interrumpió George, elevándo una botella de cerveza de mantequilla en cada mano, algo mareado.

—Seguro.

—Ya activé el cronómetro —acotó Lee Jordan, no mucho más consciente que su compañero. Fred y Angelina lo miraron entre graciosa y fatídicamente. Esperó unos segundos, y al ver que no se marchaban, les gritó amenazadoramente: —. ¡Lárguense de una vez!, ¡el tiempo sigue corriendo!

Ambos Gryffindor salieron de la sala común tomados de la mano, y Angelina lo guió presurosa en búsqueda del salón más distante, oscuro y por supuesto, vacío que había al bajar al sexto piso. Finalmente, se decidieron a entrar en una de las aulas de arriba a la derecha, bien al fondo del pasillo.

—¿Y mi regalo? —preguntó Fred ni tonto ni lento, rompiendo el silencio apenas los dos se sentaron cerca del escritorio principal. Sospechaba que esa sería su gran noche, pero no estaba seguro de poder aceptar tal obsequio.

—Después. Primero necesito hablar contigo... —Angelina habló solemnemente, esforzándose mordázmente para no cambiar su expresión seria y cortante que amenzaba a ceder ante la mirada pícara y traviesa de su pareja. Era definitivo; Fred no podría estar pensando en nada apto para menores de dieciocho años. «Concéntrate Angelina. Primero lo primero y después... Bueno, después, lo que sigue».

—Pues ya estamos hablando... —contestó él con una sonrisa ladeanda—. Pero bien, te escucho, Johnson.

—No me llames así —Angelina respiró hondamente, reunió todo su valor, y comenzó—. Mira, no sé cómo decirte esto, pero... creo que... —Fred la miró espectante. Era demasiado difícil para ella tener que mentirle tan descarademente y tratar de tomarse la broma en serio si él no dejaba de sonreírle—. «Si no fuera por George, aún seguiría llorando hasta que Fred se decidiera a decirme que era todo una broma» —pensó para ganar fuerzas, y continuó, seria y decidida.

Ella lo tomó de las manos y las apoyó en su regazo, a medida que levantaba la vista para enfocarla directamente en aquellos ojos color almedra.

—Así que no vinimos aquí para tener mi gran noche, ¿verdad? —sonrió Fred ampliamente. Parecía disfrutar del esfuerzo de Angelina por hacerlo creíble.

Ella respiró hondamente.

—Fred... —Pausa, volvió a inspirar. Sentía que la tensión que generaba era perfecta. Suspiró y largó, definiendo claramente las palabras al pronunciarlas—, creo que deberíamos terminar.

La sala se llenó de un silencio sepulcral.

«No sonrías... ¡Oh, por favor! ¡Le digo que quiero terminar y sonríe haciéndose el galán!», se exasperó ella. «¿Se habrá dado cuenta de que miento? Bien... que más da. Tendré que buscar una mejor forma para vengarme el año próximo».

Chequeó la hora.

Cinco minutos.

Mientras Angelina estaba absorta en sus pensamientos, Fred —sin previo aviso— comenzó a reírse, primero pensativo y luego con sinceras ganas de hacerlo, cómo si le diera mucha gracia su patético intento por hacerle llorar aunque sea un tercio de lo que lloró ella hacía un par de horas atrás.

La chica se enfadó y lo miró furiosa, pero en seguida las risas enérgicas del pelirrojo la contagiaron y ambos rieron nerviosos y desinhibidos, aliviados y tranquilos.

«Maldito tonto», rió ella. «Y encima aún me falta darle ese regalo».

—¡Me alegro tanto de que lo dijeras tú antes que yo! —dijo Fred, irrumpiendo las risas instaladas resonando en el oscuro salón.

—¿Qué? —preguntó ella, confundida y aún con una sonrisa.

Chequeó la hora.

Un minuto.

—¡Que me alivia muchísimo que los dos pensemos igual!

«¿Qué dem...?», Angelina negó con la cabeza. «¿Es que nunca se va a cansar de jugarme bromas? Mejor le pongo punto final a esta conversación».

—Aún somos amigos, ¿cierto?

Esa fue la única pregunta en todo el día que llevaban en que lo había oído hablar en serio, sin sonrisas intermedias y con verdadera cara de preocupación.

Treinta segundos.

«Hasta el último minuto, ¿eh?», pensó sutilmente.

—Obviamente —Angelina esbozó una enorme sonrisa cuando le respondió—. ¡Qué pregunta más estúpida, Fred! ¡Por supuesto que seguiremos siendo amigos!

—¡Genial! —espetó él alegremente; su sonrisa no podía ser más amplia—. Ese era el único motivo por el que temía dejart...

Tres segundos.

—¡Inocente palomita, tonto! —le soprendió Angelina, a la vez que lo empujaba cariñosamente por el hombro.

Fred dejó de sonreír al instante, anonadado y sin saber cómo reaccionar.

«¿Inocente palomita?», meditó intranquilo.

¿Qué podía hacer? Una sonrisa falsa fue la solución más espontánea. Angelina se le unió. Le costaba respirar entre tanta hilaridad.

—¡Creíste que hablaba en serio! —se burló ella—. Y te dolió tanto el ego que... —Fred ya no podía fingir ni una mísera sonrisa—, que me seguiste el juego. ¡No sabía que eras tan resentido!

Fred se enderezó y le tendió una mano para ayudarla a levantarse.

—Vayamos a la sala común —sentenció. Lucía bastante nervioso.

—Oye, no te enojes —malintenpretó Angelina, y apretó con fuerza la mano de Fred, que amenzaba con alejarse—. Fue una simple pequeña venganza, no es para tanto...

—Sí, bien..., ¿vamos? —Fred volteó y empezó a caminar hacia la salida—. Quiero ir a ver a George.

—Espera —Angelina lo atrajo hacia sí, pero él seguía dádole la espalda —. No me dijiste "inocente palomita"... —Chequeó por última vez en la noche el reloj—. Han pasado cinco minutos desde que es media noche...

Fred giró y la miró fijamente a los ojos.

—Es gracioso, ¿sabes? Siempre me pides que te hable en serio y una vez que lo hago, no me crees —dijo tristemente y con pesadez.

Angelina bajó la mirada, con el fantasma de la útlima sonrisa desvaneciéndose en su rostro.

Sí, era gracioso. Dos semanas y media imaginando qué decir y cómo actuar, y sin embargo, jamás se le había ocurrido pensar en esa posibilidad.

Secreto

Nota de la Autora: Es recomendable leer el Dato Weasley Currículum amoroso de Fred y George para entender mejor la trama de la viñeta.

4
Es sólo una cuestión de edad



—¿Y bien?

—Y bien, ¿qué?

—¿No tienes nada que decirme?

George dudó.

—Mmm... no. Nada.

—¡George!

—¡Oh, sí! Ni se te ocurra volver a dejar alguno de tus calzoncillos sucios arriba de mi cama.

—Oh, por favor..., ¡deja de bromear!

—¡Pero si no estoy bromeando! Tenías que verme la cara de asco cuando arrojé uno por la ventana.

—¡Merlín, George! ¡Estoy hablando en serio!

—¿Y a mi qué? ¿Qué quieres, que te invente algo?

—No; quiero que me digas quién es.

—¿Quién es quién?

—Me estoy hartando de este jueguito. Te recuerdo que estás hablando conmigo y no con el estúpido de Ron... Yo sí me doy cuenta de las cosas —contestó Fred, cruzándose de brazos—. Te oí ayer a la madrugada cuando salías a la calle.

George no levantó la vista, sólo se limitó a sonreír de lado pícaramente, como quien recuerda alguna travesura.

—¡¿Y?! —Fred ya casi estaba a punto de pegarle un puñetazo en medio de la cara.

—Y nada. Tenía ganas de caminar y me escapé hacia Hogwarts. Después bajé a la cocina y los elfos domésticos me mimaran un poco —Volvió a sonreír juguetonamente.

—Así que te mimaron... —Fred le devolvió la sonrisa y elevó una ceja—... los elfos...

George sonrió abiertamente y levantó la vista hacia Fred, quién lo miraba entre travieso, espectante y resentido porque su hermano no se dignaba a contarle nada más. Después de unos segundos sin saber qué decir, George al fin accedió a responder .

—¿Qué? No me digas que te vas a poner celoso... —El pelirrojo posó una mano sobre el hombro de Fred y lo acarició suavemente. Mirándolo a los ojos, concluyó, divertido:—. Descuida, tú siempre serás mi preferida.

—Sí, claro —repuso Fred, afinando la voz y fingiéndose terriblemente ofendido—. ¡Seguro que a todas les dices lo mismo!

—¿Fred?, ¿George?

Una potente voz femenina interrumpió sus risas y los gemelos voltearon al mismo tiempo para afrontarla. Hacía rato que los clientes se habían marchado de la tienda, por lo que creyeron estar solos dentro de la comodidad de su nuevo hogar. Al verla, George se quedó helado como quien se encuentra con el único testigo de alguna fechoría en la que se sabe culpable. La miró desafiante.

—«No lo hará—pensó él, nerviosamente—. No puede, me lo prometió».

—¿Sí, Johnson? —preguntó Fred.

—Te he dicho mil veces que no me llames así.

Fred rió. George continuaba inquieto.

—Creo que con unas mil veces más bastará para que se me grabe —contestó Fred, divertido.

—Como sea —se rindió ella—, Verity me dejó pasar. Sólo vine a saludarlos; hacía tiempo que no los veía. ¿Cómo están?

—Mejor, imposible. No tenemos tiempo para hacer nada más que trabajar, pero eso no importa ahora... Somos los gemelos Weasley, ¿recuerdas?

—Como si pudiera olvidarlo.... —respondió ella con una sonrisa que luego se volvió algo maliciosa—. Pero me alegro que les esté yendo tan bien y que estén tan ocupados con sus sortilegios Weasley.

George cambió de expresión velozmente al captar perfectamente la indirecta y se dispuso a prostestar, pero luego prefirió no hablar más que lo necesario.

—Sí; tan ocupados que ya estabamos por cerrar —dijo él, en vez de exponer sus verdaderos pensamientos—. Termina tú todo, Fred. Yo me voy arriba a dormir un poco.

Su gemelo fue categórico.

—¡Ah, no! ¡De ésta no te salvas! ¡Me vas a decir quién era ya mismo o te lo saco con un Mocomurciélago!

—No creo que eso vaya a ser necesario... —agregó Angelina, acercándose hacia los dos hermanos y gozando del momento.

—«¡Maldita sea! No, no... no sería capaz. ¡Lo prometió!» —George sudaba tanto que tenía la camiseta totalmente empapada, y el pelo se le pegaba a la frente.

—¿Estás bien, George? —preguntó ella sarcásticamente.

—Sí, gracias —respondió él entre dientres.

—Bueno, me alegro entonces —Angelina se dirigió hacia la salida y amagó a irse, pero se detuvo a medio camino y volteó a verlos una vez más, con una enorme sonrisa en el rostro—. Ah, por cierto, casi lo olvido. Hoy me encontré a Demelza durante su visita a Hodsmeage y te envía saludos, George... Dice que jamás la había pasado mejor en su vida.

Y dicho esto, la mejor amiga de los chicos y ex Gryffindor salió de la tienda, riendo silenciosamente.

—¿Demelza? —preguntó Fred, algo desorientado—. ¿Demelza Robins?

Silencio.

—¡Eres un abusador! —Fred trató de contener la risa—. ¡Ella todavía sigue en el colegio, depravado!

—¡Oye, que no hice nada que ella no quisiera! —se defendió George.

—¡Ja! —espetó Fred, triunfante—. Ya sabía yo que andabas en algo raro. ¡Me habías dicho que ibas a esperar hasta que ella terminara la escuela, mentiroso! No es la primera vez que la ves, ¿o sí? —Su hermano le contestó sonriendo pícaramente—. ¡George abusador de menores!, ¡¿quién diría?!

—¡No es tan pequeña! Tiene ya sus bien plantados quince años. Además sólo... pasamos un buen rato.

—Sí, claro. Me imagino —agregó Fred, sarcásticamente—. Aunque no entiendo porque no me querías decir nada...

—¡Era un secreto! —se lamentó George— Ella me pidió que no dijera nada y... bueno... ¡Pero Angelina es tan entrometida que no pudo callarse ni medio día!

—Así que ella los vio... —acotó su hermano, entendiendo un poco la actitud entre divertida e irritada de Angelina—. Aunque a decir verdad, creí que era ella con quien salías a escondidas.

George abrió los ojos exageradamente, sin entender muy bien lo que Fred le acababa de decir.

—¿Y por qué pensaste eso? —preguntó él, curioso.

—Ay, George... Tengo ojos en la nuca, ¿sabes?, Y desde que terminé con ella que no dejas de mirarla con doble intención.

—Pues entonces deberías cortarte el pelo porque no llegas a ver bien, con ninguno de tus "dos pares de ojos". La que me mira es ella. Pero supongo que tiene sentido, ¿no?

—¿Qué cosa?

—Al fin se dio cuenta de quién es el más guapo y sexy de los dos.

—¡Ja, claro! —rió sarcásticamente Fred, divertido por el comentario—. Despecho, despecho...

—Bueno, pero... ¿a qué te refieres con eso de "abusador de menores"? ¡Eres el menos indicado para decirme eso cuando tú te estás viendo con...!

—Tu chica es mucho menor que ella... —interrumpió Fred, cortantemente y sin dejarlo terminar de hablar—. Demelza es una pequeña y dulce inocente... —contestó graciosamente.

—Sólo es dos años menor, exagerado —agregó George, mirándolo escépticamente—; y no estoy seguro de que tan inocente pueda ser —se jactó él, dibujando una maliciosa sonrisa—. Además, Harry y Ginny están juntos y sin embargo...

—Sin embargo nada —interrumpió su gemelo—. Justamente, cómo es mayor buscará otras cosas en la relación y...

Ambos se levantaron del sillón, firmes y con una mano en el corazón mirando al frente -como a punto de recitar la oración a la patria-, y dijeron al unísono: —¡Y es nuestro deber de hermano mayor protegerla!

Volvieron a echarse al sillón, y después de mirar a ambos lados para comprobar que Angelina ya se hubiese marchado y que Verity no estuviera cerca, George habló.

—Entonces... ¿la tienes?

—Lista y preparada para la acción —contestó Fred—. Mañana podremos colarnos dentro de Hogwarts por el pasadizo en la estatua de la bruja jorobada y le echamos un poco en su jugo de calabaza.

—Mejor. Prefiero que Ginny se mantenga intacta el mayor tiempo posible.

—Aunque ya hayan pasado por ella Corner...

—Y Thomas...

—Y ahora Potter. Lo lamento por Harry —se apenó Fred—. Odio tener que hacerle esto a él también.

—Es necesario —contestó George con voz firme y grave, sobreactuando el papel de hermano protector.

—¿No crees que sea demasiado extremista echarle esto a la posión? —preguntó Fred sacudiendo un pequeño frasco de vidrio que acaba de sacar de su bolsillo, en el cual se podía leer la leyenda "virus del Herpes".

Ambos dudaron un instante, pero luego espetaron juntos la conclusión.

—Naaa...

Legerimancia

3
¡No tiene nada que ver con él!



—¡Madre santa! —Ginny se dio media vuelta y se tapó el rostro con las sábanas, furiosa—. ¡Te digo y te repito que me dejes dormir!

—¡Por favor, Ginny!, ¡sólo cinco minutos más!

—¡Quiero dormir! —gruñó ella, arrastrando las palabras y con la cabeza enteramente enterrada en la almohada.

—Pero en serio necesito de tu ayuda... —protestó su compañera—. ¡No puedo practicar yo sola!

—Hermione, llevamos haciendo esto toda la semana... Te prometo que mañana te ayudo, pero ahora, ¡¡déjame dormir!!

La castaña bufó por lo bajo y contuvo un pequeño grito de desesperación antes de continuar. Ginny le daba la espalda, harta de tener esa conversación todas las noches desde que aquella había llegado a La Madriguera.

—Sabes que realmente necesito aprender legerimancia. ¡Tan sólo te pido cinco minutos más! —suplicó Hermione, mientras se arrodillaba al pie de la cama.

—Sinceramente, no sé para que pierdes el tiempo con todo esto...

—¿Qué quieres decir? —preguntó desorientada.

Ginny se enderezó en su cama, exasperada, y comenzó a enumerar con los dedos de las manos.

—Uno: no tienes ni idea de cómo se practica legerimancia.

—¡Eso no es cierto! Es más, el otro día... —Hermione intentó interrumpir pero Ginny hizo oídos sordos a su comentario.

—Dos: no es necesario aprender legerimancia para darse cuenta de que Ron está loco por ti. ¡¡No me interrumpas!! Y tres: ¡QUIERO DORMIR!

Ginny volvió a darle la espalda a su amiga, murmurado posiblemente algunos insultos inaudibles, a la vez que Hermione fruncía tanto el ceño, que adoptaba un gesto más que intimidante, gracioso. Pasados unos segundos, la castaña decidió que no se iba a dar por vencida, por lo que se levantó atolondradamente de su cama (de lo brusca que fue, se había quedado enredada en su cubrecama y cayó al suelo provocando las risas de su compañera), llegó hasta la cama de Ginny, arrancó las sábanas que la cubrían de un tirón y las arrojó lo más lejos que pudo.

—¡Oye!

—¡No es por Ron que quiero aprender! ¡Es por Harry!

—Sí, claro, Hermione —La chica pegó un gran bostezo—. Lo que tú digas...

—¡Tengo que asegurarme de que Harry síhaya cerrado la conexión con Ya-sabes-quién!

Hermione se había alterado tanto que todo su cabello —hasta entonces prolijamente recojido en dos trenzas— se encrespó tanto que terminó aún más despeinada que de costumbre.

—¿En serio? ¡Pero que idiota soy! —acotó Ginny sarcásticamente—. ¡Por un momento hubiera jurado que querías entrar en la mente de Ron para averiguar dónde tiene tatuado ese micropuff!

—¡Oh, por favor! No soy ninguna idiota, sé perfectamente que eso no es más que una mentira tuya... —afirmó confiadamente, pero después de un gran silencio incómodo, agregó:—. ¿Verdad?

Ginny no pudo evitar una sonora carcajada, por lo que Hermione se lanzó hacia ella para taparle la boca con las manos.

—¡Shh! ¡Que no quiero que despierten! —Las chicas guardaron silencio y miraron espectantes hacia el techo, justo donde estaba la habitación de los gemelos—. ¡Odio esas malditas orejas extensibles!

Después de unos momentos, Ginny retiró la mano de Hermione de su boca y luego se acomodó en la cama, algo divertida.

—Ay, Hermione —dijo ella, generando una enorme sonrisa—. Está bien, tú ganas. Te permitiré usarme como rata de laboratorio por cinco minutos más... sólo si me haces un favor.

A su compañera enseguida se le borró el gesto de alegría y acotó elevando una ceja, desconfiada: —¿Qué favor?

—Nada muy complicado... —comenzó—. Si es que alguna vez logras entrar en la mente de Harry, cosa que no creo... —Hermione arqueó aún más pronunciadamente su ceja, pero Ginny agregó adoptando un gesto de exagerada tristeza—. ¿Me dirías si se olvidó de mí?

Hermione ablandó su rostro y, sentándose a su lado, la miró con ternura casi maternal.

—Ginny..., ¿cómo puedes siquiera pensar que Harry te ha olvidado? Aún no pasan ni dos meses desde que terminaron, y las dos sabemos muy bien que él hizo lo que hizo para protegerte. Él te ama...

Ginny se pasó una mano por su cabello y soltó una risita nerviosa.

—Sí, claro... Deja, no importa —dijo no muy convencida, aunque aparentándose perfectamente bien—. No me hagas caso.

Hermione la miró interrogante, pero al obtener una pequeña sonrisa como respuesta, se tranquilizó y comenzó a levantarse, cuando una mano la detuvo.

—Aunque ya que estamos... —añadió Ginny, perspicaz—, no creará ningún problema averiguar que recuerdos tiene con Cho...

—Ginny, de ninguna manera voy a...

—Y de paso practicas para chequear qué recuerdos tiene Ron con Lavender... —interrumpió incitadoramente, dándole una mirada traviesa.

Hermione se dispuso a replicar, pero luego asintió con la cabeza.

—De acuerdo. Estoy segura de que no pasó nada con Cho más que el beso que te dije, aunque te prometo que indagaré sobre ese tema. Pero que quede claro que sólo lo voy a hacer porque eres mi amiga y te aprecio demasiado. ¡No tiene nada que ver con Ron!

Ginny sonrió, pícara y satisfecha.

—Lo que tú digas, Hermione... Nada que ver con Ron.