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Pequeñas grandes consecuencias
Pequeñas grandes consecuencias
—¡George!, ¡George!
El niño seguía absorto en su juego y no prestó atención a los insistentes gritos de su hermano gemelo.
—¡George! ¡Es mi turno, yo también quiero subir!
—¡Cinco minutos más! —gritó él.
—¡No! ¡Me quiero subir ahora! —refunfuñó Fred corriendo de un lado a otro al perseguir a su compañero de juegos.
George no tenía intención alguna de bajarse de la escoba que su hermano Bill acababa de regalarles —una muy vieja y sucia—, y no lo hubiese hecho caso si no hubiera escuchado a su hermano Fred pegar un grito de dolor y verlo caer al suelo.
—¡Lo siento, Feddy!
—¡Eres un tonto! —Fred se tomó el tobillo adolorido—. ¿Porqué no vas adentro a jugar con Charlie en vez de molestar aquí afuera, eh?
—¿Estás bien, Fred? —preguntó George bajándose de la escoba para ayudar a su hermano gemelo—. ¿Qué tienes?
—¡Ron se atravesó por mi camino y tropecé con él! —se quejó Fred frunciendo el rostro infantilmente debido al enojo.
—¿Qué haces aquí afuera, Ronnie? —preguntó George mientras se arrodillaba junto a Fred.
—¡Sho también quiedo volad!
—¡Ah, no! ¡Ni siquiera lo pienses! —espetó Fred incorporándose—. ¡Ahora me toca a mí!
—Mamá no quiere que vueles, eres muy pequeño —acotó George, pero al ver la cara de infinita tristeza de su hermanito, propuso: —Oye..., ¿quieres subir? Te llevo.
—¡De ninguna manera! A Ron lo voy a llevar yo pero después de haber volado un rato solo. ¡Lo prometiste! ¡Era un turno cada uno!
—¡Lo voy a llevar yo! —respondió George empujando a Fred.
—¡Te dije que no! —refunfuñó Fred devolviendo el empujón.
—¡Que sí! —George le dio un puñetazo en la boca.
—¡Que no! —contraatacó Fred golpéandole la nariz.
Los dos gemelos comenzaron una feroz -pequeña- pelea en donde no faltaron golpes, empujones, escupitajos y varios insultos no recomendados para estos menores de cinco años. Fred esquivó una patada y por reflejo terminó aventándose contra el cesped quedando éste encima de George.
—¡Lo voy a llevar yo! —dijo agresivamente mientras inmovilizaba a su gemelo con el peso de su cuerpo.
Estaba furioso; George había estado usando la escoba por más de dos horas seguidas y Fred aún no había tenido oportunidad de probarla. ¡No era justo que sea también George quien llevara a Ron!
—Fred..., me asfixias... —espetó George débilmente, ya que Fred tenía su codo apoyado contra su cuello. Éste enseguida alejó el brazo pero no se apartó de encima de su gemelo.
—¿Por qué... —inquirió George en medio de un ataque de tos por la falta de aire que había sufrido— no dejamos... que él decida?
Fred lo miró dubitatido, pero enseguida accedió.
—¡Ron! —gritó sin dejar de mirar fijamente a los ojos a George—. ¿Quién quieres que te lleve?, ¿George o yo?
—Nadie —contestó el pequeño con convincente confianza.
—¿Qué...? —Fred y George buscaron con la mirada a su hermanito hasta encontrarlo.
—Voy a id sho solito.
—¡Ronnie, no!
Los gemelos saltaron del suelo y se precipitaron hacia su pequeño hermano para deternerlo, pero ya era tarde. Ron ya se había montado en la escoba junto a su osito preferido y se elevó instantáneamente a más de un metro del suelo. Avanzó un poco, pero de repente, pareció que la escoba tomaba sus propias decisiones y comenzó a zigzaguear bruscamente zarandeando a Ron de lado a lado, quien se sujetaba lo más firmemente que podía ala escoba y a su osito.
—¡No te suelte, Ron! —gritó George corriendo hacia él.
Fred se le adelantó y casi llega a atrapar a su hermanito cuando Ron volvió a girar abruptamente y cambió la dirección hacia todos los artefactos que rodeaban el cobertizo.
—¡¡Cuidado!!
¡CRASH!
Ron salió disparado de la escoba, pero afortunadamente, el pequeño no sufrió más que un golpe en la pierna y un enorme susto, por lo que no dejaba de llorar y abrazar a su osito. Ron había impactado tan veloz y fuertemente contra el cobertizo que no sólo había roto todos los vidrios y artefactos a su alrededor, sino que también rompió la frágil y antigua escoba perteneciente a Fred y George desde hacía no más de un par de horas.
—¿Estás bien, Ron? ¿Te lastimaste? —preguntó George apenas llegó donde estaba recostado su hermanito.
—¡Mi piedna, Geodgi! ¡Mi piedna! —sollozó el pequeño señalándose el raspón que se había hecho—. ¡Me duele musho!
—Bueno, no es tan grave... Voy a llamar a mamá para que te sane así...
—¡¡Ron!! —interrumpió Fred escrutadoramente—. ¡¿Qué hiciste?! ¡Rompiste la escoba, pedazo de troll!
Ron lo miró intentando contener sus lágrimas que escapaban de todas formas hacia sus sonrosadas mejillas, hipando y con la cara infantilmente fruncida con un gesto de dolor.
—¡¿Rompió la escoba?! —acotó George buscando con la mirada el objeto en cuestión.
—¡La rompió y yo no pude subirme! —Fred estaba completamente enfadado, tanto que su cara ya se teñía del mismo color rojo fuego que su cabello y su mirada estaba totalmente desencajada—. ¡No pude usar la escoba, George! ¡¡Yo también quería volar!! —gritó empujando a su gemelo.
—¡Yo no fui quién la rompió! —rugió su gemelo, también enfadado por haber perdido su primera escoba—. ¡Y no me grites que te escucho de todas formasl!
—¡Pero al menos tú sí pudiste probarla! ¡¡¿Por qué demonios no me la diste antes, maldita sea?!!
—¡No hables así o le voy a contad a mami! —amenazó Ron incorporándose abruptamente.
—¡Tú te callas, maldito enano! ¡Todo esto es culpa tuya! ¡¡¿Por qué diablos te llevaste la escoba, Ronald?!! ¡¡¿POR QUÉ?!!
En ese momento, la furia de Fred era tal que no pudo contenerse ni un segundo más. Dejó que la ira saturara todo su cuerpo y en cuanto sintió que ésta trataba de escapar a través de sus poros, explotó. Mirando fijamente el osito que Ron seguía abrazando tiernamente, sin pensarlo, sin siquiera darse cuenta de ello, lo transformó en una gran y asquerosa araña.
—¡AHHHH!
Ron, que estaba sujetando a su osito apretándolo fuertemente contra su pecho, al ver la espantosa araña negra tan cerca de su rostro, gritó aterradoramente, la lanzó lo más lejos que pudo y se echó a correr, llamando a su madre entre sollozos.
—¡Fred!, ¡¿qué hiciste?! —preguntó George apenas recuperó el habla, asombrado.
—Yo..., yo no...
El niño no sabía que responder. No estaba seguro de qué era lo que acababa de suceder, y estaba tan o más desconcertado que su hermano, aunque por dentro notó emerger una extraña y reconfortante sensación de satisfacción.
—¡¡Fred y George Weasley!!
La señora Weasley había salido al jardín y estaba caminando furiosa hacia ellos, seguida muy de cerca por el resto de sus hijos.
—¿Se puede saber que fué lo que hicieron? —preguntó Percy aireadamente, con las manos en las caderas.
—¡Ron está escondido detrás de la mesa, con las rodillas contra el pecho, y balanceándose de adelante hacia atrás! —acotó Charlie, aunque él lucía más divertido que disgustado—. ¡Parece un retardado!
—¡Fue Fred, mamá! ¡Yo no tuve nada que ver! —se defendió George a pesar de la mirada resentida de su gemelo—. ¡Fue él quién convirtió a su osito en una araña! —concluyó señalando el enorme y peludo insecto que ahora parecía dirigirse hacia dentro de la casa.
—¿Quieres decir que... hizo magia? —preguntó a Bill sosteniendo a Ginny entre sus brazos.
—¡Oh, Fred! —la señora Weasley se agachó para abrazarlo y comenzó a llenarle todo el rostro de besos—. ¡Estoy tan orgullosa de ti, cielo!
Interrumpiendo la escena, de repente se oyó otro grito de terror, y al voltear, todos vieron a Ron corriendo desesperadamente hacia donde ahora estaba reunida toda su familia.
—¡¡MAMÁAAAA!! ¡La adaña me está siguiendo! ¡Por favod mami, aléjala! ¡¡ALÉJALAAAA!!
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